Por @Oscar_Chavira
Mi relación creador – espectador con Woody Allen comenzó de la peor forma posible. Me inicié en el cine de Allen con la película “Deconstructing Harry”, según dicen los doctos en el director su comedia más arriesgada. A mí me pareció todo menos graciosa. Conforme se desarrollaba la historia del filme, y crecía en mi interior un aborrecimiento por la pedantería intelectual que desborda la trama, me di cuenta que pocos en la sala éramos quienes en lugar de reír por los gags del personaje de Allen, mostrábamos un claro enfado. Descubrí entonces que hay una secta de fanáticos que, invariablemente la calidad de la cinta, darán su beneplácito al trabajo de este director.
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Por @cherchtheirish
Año tras año llega ese momento en el que el mercado cinematográfico debe enfrentarse a un nuevo estreno de Woody Allen, ese personaje neoyorkino que, en una carrera contra la muerte y el olvido, ha decidido pasar lo que le resta de vida inmerso en un maremágnum creativo producto de un desorden obsesivo compulsivo. La consecuencia de esto es el inevitable estreno anual de una película que se añade a su extenso catálogo, el cual, más que un compendio de obras de arte, funciona como un mapa para las obsesiones de su creador.
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